Valentina Acierno
Vicens Vidal
Victor Rahola
Xabier Eizaguirre
Xabier Unzurrunzaga
Xavier Fàbregas
Xavier Monteys
Xavier Rubert de Ventós
Zaida Muxí
Àlex Giménez
Amador Ferrer
Angel Martín
Anton Pàmies
Antoni Llena
Antoni Marí
Antonio Font
Aquiles González
Ariella Masboungi
Axel Fohl
Beth Galí
 
Hasta esto me gusta, Salva.
Habíamos
terminado hacía poco la carrera de Arquitectura en Madrid, a principios de los setenta, y nos adentrábamos en la profesión sin brújula, animosos pero desconcertados. Intuíamos que las cosas estaban cambiando a nuestro alrededor, pero en el fondo no sabíamos nada. Los paradigmas formales no resultaban tan seguros. España, como siempre, había tenido una adscripción tardía a las vanguardias, truncada tras la República, y la modernidad se abría paso a través de aquellos maestros de los sesenta y setenta cuyo ejemplo revela, en la distancia, la auténtica dimensión de su grandeza. Nos quedaban los rescoldos de una militancia universitaria a favor de un mundo mejor o simplemente normal. Pero había una predisposición juvenil, seguramente generosa, en que la arquitectura, sin saber muy bien cómo, tenía que contribuir a esos propósitos. Y así fue cómo, desde el Colegio de Arquitectos de Málaga presidido por Damián Quero, decidimos que había que salvar de la piqueta un barrio popular, el de La Trinidad y El Perchel, haciendo un tour-de-force dialéctico que no hubiera sido posible sin el apoyo teórico de nuestros colegas italianos de Bolonia, Asís y Urbino, con su recién descubierta conciencia del intrínseco valor patrimonial de lo urbano. Para ayudarnos en nuestro trabajo vino a Málaga Manuel Solà-Morales, director del Laboratorio de Urbanismo de la Escuela de Barcelona acompañado de Joan Busquets y José Luis Gómez Ordóñez, desde entonces amigos cómplices y perennes. Con Manuel aprendí, desde las primeras conversaciones en mi destartalado estudio del Monte de Sancha, que la modernidad estaba ahora del otro lado, en la valoración cultural de la ciudad existente, en su esencial condición de espacio para la convivencia, y que la ley natural, sí, podría estar
grabada en el genoma de los mortales por el simple hecho de nacer, pero la ética... ¡amigo, la ética era urbana!
Esa primera conmoción me hizo adepto a la ciudad, pero la graduación habría de llegar más tarde. Los mismos que intentamos salvar La Trinidad- Quero, Seguí y yo- recibimos ahora el encargo de realizar el PGOU de Málaga, y acudimos a Manuel. Manuel era el maestro, el sostén, el burladero en donde se refugiaban todas nuestras tribulaciones mientras acometíamos aquel trabajo con la bisoñez de quienes, sin ser muy conscientes de ello, estábamos formulando, con aciertos y con errores, pero igualmente ilusionados, la planificación urbana del nuevo municipalismo democrático. Manuel nos trasladaba sus certezas, pero también sus propias dudas, siendo igualmente estimulante en unas y en otras. Hoy, treinta años después, podemos valorar el inmenso privilegio de haber podido asistir al atelier en el que uno de los más grandes urbanistas del mundo había estado elaborando su propio corpus teórico.
Llegó un momento en el que del dibujo había que pasar a la normativa. Paseando por los barrios de la periferia me encontré con una manzana irreductible a cualquier tipo de clasificación ordenancista: un caos tipológico en el que,
entreverados como en una foto de Hanna Collins, un bloque medianero coexistía con un almacén de chapa, un par de casas obreras de la época industrial, un edificio exento, un gimnasio... Me metí por un pasaje sórdido y acodado, subí unas escaleras, salté una tapia y, tras sortear algunos obstáculos más, me encontré con que en algo parecido a un patio de vecindad se estaba celebrando una kermesse con farolillos, serpentinas, olor a fritanga y sabor a Manolo Escobar: un impetuoso brote de vida en un espacio refractario a las leyes de la planificación urbana. Nunca me hubiera atrevido a declarar mi fascinación por aquello si no fuera porque una semana después recorrí ese barrio con Manuel. Paré el coche en un semáforo junto al lugar.
Entonces Manuel, hasta ese momento en silencio, me dijo refiriéndose a la manzana: “debe ser por deformación profesional, pero hasta esto me gusta, Salva”. No sé qué gesto hice, pero podía haberse interpretado como un abrazo.
No olvidé aquello nunca. El maestro me estaba enseñando que hay vida más allá del urbanismo y de los urbanistas, que detrás de cada planificador urbano se esconde siempre un moralista reticente a escuchar las voces de la ciudad y los mensajes que nos transmite su piel, por ocultos que estén a nuestros dogmáticos ojos. Por eso toda su vida la consagró a descubrir el secreto de cómo concordar disciplinarmente su trabajo con esa vida agazapada, desde la curiosidad impertinente de un científico ilustrado atemperada por la humildad de un monje medieval, pero, sobre todo, desde el orgullo de su suprema condición de ciudadano libre y responsable, objeto y sujeto de derechos adquiridos a lo largo de los cientos de años que han jalonado el triunfo de la ciudad.
Manuel supo escuchar las voces de la ciudad y hacerse eco de ellas. Por eso hoy resuenan jubilosamente en aquellos sitios por donde pasó. / Málaga