Valentina Acierno
Vicens Vidal
Victor Rahola
Xabier Eizaguirre
Xabier Unzurrunzaga
Xavier Fàbregas
Xavier Monteys
Xavier Rubert de Ventós
Zaida Muxí
Àlex Giménez
Amador Ferrer
Angel Martín
Anton Pàmies
Antoni Llena
Antoni Marí
Antonio Font
Aquiles González
Ariella Masboungi
Axel Fohl
Beth Galí
 
Cuando ahora que Manuel de Solà-Morales i Rubió no está ya entre nosotros y
trato de evocar lo que fue su persona, inmediatamente, sin saber bien por qué razón, vienen a mi mente los días en que lo conocí. Fue al terminar el año académico 1967-68 y se celebraban en la Escuela de Arquitectura de Madrid unas oposiciones a Cátedras de Urbanismo. Entre los candidatos, un jovencísimo profesor de la Escuela de Arquitectura de Barcelona de quien tan sólo había oído hablar y con quien hasta entonces no me había encontrado. Manuel de Solà-Morales venía acompañado de muy positivas credenciales. Titulado en Arquitectura y licenciado en Económicas, Máster de Urbanismo en Harvard bajo la tutela de Josep Lluís Sert, había trabajado con Ludovico Quaroni en Roma… Recuerdo algunos de los brillantísimos ejercicios de la oposición en los que defendía ideas que se apartaban de los manuales y que nos hacían adivinar una visión de la ciudad y de su crecimiento bien distinta a aquélla que nos habían enseñado.
Pero no era tanto su actitud intelectual –tan valiosa, por otra parte– cuanto su persona aquello que más me atraía de él. Y todavía hoy, cuando han pasado ya tantos años, un jovencísimo Manuel de Solà-Morales, recién superada la primera juventud, se me hace presente. De mediana estatura y facciones delicadas, rostro almendrado, oscuros y vivísimos ojos protegidos por bien arqueadas cejas, nariz recta y bien trazada, Manuel de Solà-Morales lucía entonces lacia y larga cabellera que coronaba una despejada frente. Sus movimientos eran ágiles, ligeros, desprendiéndose de los mismos una natural elegancia, algo que sin duda era fruto de la educación recibida en el marco de una familia antigua. Acompañaba a tal figura una viva inteligencia que le hacía ser profundo en el pensamiento, riguroso en la exposición, agudo en el comentario, exigente en la crítica. Pronto se advertía lo mucho que aquel joven opositor valoraba
la independencia de juicio y cuánto trataba que sus opiniones fuesen siempre propias, no el resultado de lo aprendido en los libros. Contribuir al campo en el que trabajaba –digamos genéricamente que el urbanismo– con ideas nuevas que tenían su origen en su propio modo de pensar y de sentir fue siempre su ambición, algo que se manifestó ya en aquellas oposiciones y que, como decía, cautivaron a todos aquellos que asistimos a ellas.
No extrañó el fallo del Jurado, Manuel de Solà-Morales ganó la Cátedra de Urbanismo de Barcelona y para celebrarlo unos amigos comunes –Carlos Ferrán y Eduardo Mangada– me animaron a unirme a la cena que sus colegas le ofrecían en “Alduccio”, un recién inaugurado restaurante italiano en las inmediaciones del Estadio Bernabéu. Acudieron a la cita Rosa Feliu, la que luego sería su mujer y que entonces apenas había cumplido 20 años, y Manuel de Solà-Morales i Rosselló, Catedrático de la Escuela de Arquitectura de Barcelona y antiguo Decano del Colegio de Arquitectos de Catalunya, atento testigo de la que había sido muy cuidada y esmerada educación de su hijo. Manuel, ya joven catedrático, que obligado por el calor del verano llevaba –o al menos así quiero recordar– una de aquellas chaquetas blancas, de lino, que tanto le gustaban y que distinguían a su persona, se nos mostró a todos en su intimidad como un animado conversador, con un acusado sentido del humor, certero en los juicios al opinar acerca de terceros, irónico, incluso, a veces. Verlo instalado en una escuela de arquitectura con todos los atributos que la cátedra suponía entonces era una bocanada de aire fresco que todos celebrábamos.
El encuentro en el restaurante italiano se repitió más tarde en el estudio de los arquitectos donostiarras Marquet, Unzurrunzaga y Zulaica que se habían titulado en la Escuela de Arquitectura de Barcelona y que habían recabado la colaboración de Manuel para trabajar en el Plan General de Tolosa y que también habían contado conmigo para
construir el bloque de viviendas sobre el río Urumea. Manuel, ya casado con Rosa Feliu, había convertido el proyecto de Tolosa en prueba de fuego de lo que habían sido hasta entonces sus estudios de urbanismo y se había trasladado a San Sebastián para trabajar allí durante el verano. Otro tanto nos ocurría a nosotros –incluyendo a mi mujer Belén Feduchi y a la mayor de nuestras hijas en el nosotros– que también habíamos ido allí con el mismo propósito. Pronto pude comprobar que era bien merecida la admiración que Manuel había suscitado cuando le conocí en Madrid y que entre nosotros se producía una corriente de simpatía que inmediatamente se convirtió en amistad. Aquel verano comenzó una relación que se ha mantenido viva hasta ahora. En diciembre de aquel año hicimos un concurso para el Centro Histórico de Zaragoza. Más tarde volvimos a trabajar juntos en el Plan para el Centro Histórico de Aranjuez y en el concurso, que ganamos, para Lacua en Vitoria, proyecto que nos dio ocasión de reflexionar acerca de la importancia que la residencia tiene en el crecimiento de la ciudad pero que desgraciadamente no se llevó a cabo. Algo que no ocurrió, afortunadamente, con el concurso para L’Illa en Barcelona, hoy construido y que nos hace estar hermanados en la Diagonal.
Si a todo este trabajo juntos añadimos nuestro continuo contacto en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona y en Arquitecturas Bis, se comprenderá que vea mi vida como profesional y como docente siempre próxima a Manuel. He valorado, y mucho, las virtudes de Manuel, a quien he tenido como guía en tantas cosas y a quien siempre he considerado uno de mis mejores amigos. Al marcharse, pienso que en su ausencia me faltará el juicio y la opinión que más apreciaba y que me ayudaba a mantener alto el nivel de exigencia en el trabajo. Nos costará mucho, muchísimo, el acostumbrarnos a que ya no esté a nuestro lado. / Madrid