Valentina Acierno
Vicens Vidal
Victor Rahola
Xabier Eizaguirre
Xabier Unzurrunzaga
Xavier Fàbregas
Xavier Monteys
Xavier Rubert de Ventós
Zaida Muxí
Àlex Giménez
Amador Ferrer
Angel Martín
Anton Pàmies
Antoni Llena
Antoni Marí
Antonio Font
Aquiles González
Ariella Masboungi
Axel Fohl
Beth Galí
 
Fue el Camp. Fue el territorio de comprobación sobre la vigencia del paisaje como
discurso complementario, bienpensante, decía Manuel; fue, en realidad, el territorio que más miramos juntos mientras nos conocíamos durante las primeras sesiones de conversación sobre mi tesis doctoral. Comenzamos a mirar fotografías y dibujos míos, fragmentos eclécticos de parcelas yermas, de trozos de caminos, de residuos agrícolas, de intensidades naturales pero aisladas. Dibujaba los vacíos internos de Reus o los vacíos limítrofes de Valls y dudaba sobre los grandes espacios sin imagen cercanos a Tarragona. Pero sobre todo, dibujaba el corazón del Camp allí donde no había interferencias importantes y donde se podía todavía estudiar aquello que “hacía” la imagen del paisaje agrícola. Entonces no se sabía
lo del tercer paisaje de Gilles Clément pero intuía un potencial de los descampados como algo decididamente presente más allá de la dicotomía del vacío y el lleno. Manuel solía hacer pocas preguntas que siempre requerían respuestas de tomar partido, decisivas. “¿Por qué el Camp?” Recuerdo que después de contestar cosas periféricas le dije: “Porque cuando voy allí, me recuerda a ciertos paisajes de Grecia. No es que sean iguales, ni siquiera parecidos, pero mis recuerdos de ambos se asemejan…”. “Pues esto es lo que haces”, me contestó. “Si puedes comprobarlo, esto sí que es una tesis.” Así surgió la propuesta sobre los paisajes ordinarios. Mirábamos juntos los fragmentos de paisaje como situaciones aleatorias que me ayudaban a explorar los caminos hacia el concepto de lo ordinario en sí, desde lo informe, lo no proyectado, desde lo
fragmentado, lo deteriorado, aquello sin imagen o estructura, finalmente, desde el descampado. Manuel siempre precisaba mi discurso: insistía en distinguir entre los fragmentos y los encuadres, fragmentados. “Has de establecer con precisión la definición entre lo físico y su percepción” repetía. Hablamos de la diferencia entre la narrativa como una sección abierta para entender las realidades urbanas y las narrativas aleatorias como series de situaciones sin vocación de estructurar. Fueron discusiones muy densas espaciadas en el tiempo: yo intentaba apelar a su apertura natural a un contextualismo radical (¿morfológico?) y él ayudarme a afinar en esta doble perspectiva del trabajo: la del paisaje como un doble discurso constante, desde la “in-diferencia” hacia la semejanza que propone el término de lo ordinario. Pero siempre en el Camp. / Barcelona