Valentina Acierno
Vicens Vidal
Victor Rahola
Xabier Eizaguirre
Xabier Unzurrunzaga
Xavier Fàbregas
Xavier Monteys
Xavier Rubert de Ventós
Zaida Muxí
Àlex Giménez
Amador Ferrer
Angel Martín
Anton Pàmies
Antoni Llena
Antoni Marí
Antonio Font
Aquiles González
Ariella Masboungi
Axel Fohl
Beth Galí
 
Escribo estas líneas sobre Manuel Solà desde Sicilia, sin sus textos presentes pero con
un recuerdo vivo de los mismos. Dado el breve espacio del que dispongo me centraré en dos artículos que me interesaron especialmente, publicados en 1969 y en 2012, a distancia de algo más de 40 años, en el segundo y en el último número de la Revista Ciudad y Territorio respectivamente (Los urbanistas, quiénes y dónde, nº 2, tercer cuatrimestre 1969, y Por una metrópolis de cosas, nº 169-170, otoño-invierno 2011). Sobre ellos, intentaré destacar la importancia de los temas elegidos y el carácter didáctico y analítico de su escritura, algo que me sorprendió por su enfoque poco frecuente en aquellos años de 1970. Frente a la complicación procedente de la acumulación de datos de la literatura urbanística del momento, Manuel Solà abordaba la complejidad de la materia a partir de un argumento referencial, bien elegido por su trascendencia y con posibilidades de aplicación concreta. Siguiendo un proceso racional y sistemático, desentrañaba las diversas problemáticas relacionadas, hasta alcanzar un alto grado de profundidad y dar así respuesta a una cuestión que se revelaba
intelectualmente necesaria.
En el primer artículo al que me refiero Solà aportaba su visión de la profesión del arquitecto-urbanista en aquel momento crucial, en el que se vislumbraba lo que podía ser el nuevo urbanismo democrático, anticipando las especialidades actuales en lo que entonces eran actividades complementarias, como el trabajo del funcionario, el investigador y el docente. Concluía con un esquema de la relación adecuada entre dichas actividades, tan didáctico que aún lo sigo utilizando cuando la ocasión se brinda.
El último texto que conozco, es el que escribió para el número monográfico que coordiné de Ciudad y Territorio sobre Fernando de Terán, y fue publicado en el 4º trimestre del año pasado. Me lo envió con una diligencia inusual en estos casos. Tiene carácter seminal como tantos suyos, pues desarrolla una manera diferente de ver el territorio y pone de manifiesto al profesor que afronta el estudio de un tema para sus alumnos desde una idea propia. Defiende que el proyecto del territorio no debe ser el proyecto habitual de las grandes infraestructuras como principio de orden, sino el que parte del reconocimiento de un mundo complejo, lleno de matices, y muy construido a lo
largo de la historia, en buena armonía con las preexistencias naturales. En este caso que se plasma en el territorio tarraconense, trata de trasmitir una idea importante: la intervención clásica, es fruto de la soberbia o de las prisas, y sus consecuencias pueden ser devastadoras y, por ende, antieconómicas. La alternativa no solo supone una actitud de sensibilidad y conocimiento del paisaje como síntesis de formas y actividades, sino que es también una propuesta de actuación en el tiempo, con la participación de sus habitantes, fomentando así identificación y amor por el territorio sin exclusiones.
Manuel Solà ha dejado mucha obra construida y escrita, pero sobre todo deja una línea de pensamiento propia sobre la ordenación del espacio que se podría resumir en la fusión de las escalas de la arquitectura y el urbanismo, la capacidad de lo concreto para crear complejidad real, la investigación como base de la intervención, y la sustitución de los principios generales por el razonamiento particularizado en un tiempo y un lugar. Línea que siempre he tenido en cuenta desde que me hice cargo de la enseñanza del Proyecto urbano en la ETSAM en 1985. / Madrid