Valentina Acierno
Vicens Vidal
Victor Rahola
Xabier Eizaguirre
Xabier Unzurrunzaga
Xavier Fàbregas
Xavier Monteys
Xavier Rubert de Ventós
Zaida Muxí
Àlex Giménez
Amador Ferrer
Angel Martín
Anton Pàmies
Antoni Llena
Antoni Marí
Antonio Font
Aquiles González
Ariella Masboungi
Axel Fohl
Beth Galí
 
Hace pocas semanas, volé de Barcelona a
Burdeos. Y en el aeropuerto recordé con emoción a Manuel, que nos acababa de dejar. Fue durante una buena temporada nuestro lugar de encuentro a la ida y donde se bifurcaban nuestros caminos en los viajes de retorno de Saint-Nazaire en los años, muy pocos, en los que rehabilitamos la base de submarinos que habían construido los nazis.
Manuel llegaba de Barcelona, a veces con Oriol Clos. Yo lo hacía desde Madrid, donde aún residía. Ya juntos, nos trasladábamos en un minúsculo avión comercial hasta Nantes, donde nos esperaba una furgoneta para trasladarnos a Saint-Nazaire, distante unos 70 kilómetros.
En uno de aquellos viajes, de repente -estaban próximas las Navidades, era una noche fría y oscura, y nevaba mansamente-, la furgoneta se quedó sin luz y tuvimos que pararnos en medio de la carretera tapizada de nieve. Debían ser cerca de las diez y no pasaba vehículo alguno. Muchas y nerviosas llamadas sirvieron, finalmente, para que nuestro joven conductor resolviera el problema eléctrico que se nos había planteado y que, sin poder ayudar, Manuel y yo aceptáramos con serenidad e incluso con una pizca de buen humor.
Algún tiempo después de aquel pequeño pero recordado incidente, una noche primaveral, la impresionante rehabilitación de la base de submarinos fue inaugurada con una gran fiesta popular que tuvo a Manuel por protagonista. La villa de Saint-Nazaire cambió con aquella intervención que permitió recuperar un importante espacio, el de la desmesurada base, tan cargada de simbolismos, y el de un entorno que pudo volver a hacerse ciudad, junto a la delicada dársena que cobijaba a gigantescos astilleros especializados en la construcción de imponentes y lujosos cruceros, a
un paso del famoso puente atirantado que cruza la amplia desembocadura del Loira, y de las magníficas playas atlánticas de su margen derecha. Tras los oradores institucionales que mostraron su profunda satisfacción por la rehabilitación y auguraron el inicio, gracias a ella, de una época de prosperidad para la villa, habló Manuel y lo hizo, como cabía esperar, con brevedad, sencillez y claridad. Cuando bajó del estrado numerosos vecinos se acercaron a él para pedirle que les firmara un autógrafo en los dípticos que se habían repartido anunciando la celebración. La sensibilidad y sabiduría de Manuel dejaron una huella imperecedera en Saint Nazaire.
Yo le había conocido unos años atrás, en tiempos de resacas post-olímpicas, un domingo por la tarde, en casa de José Antonio Acebillo que propició nuestro encuentro. Manuel estaba muy disgustado por las dificultades a las que se estaban enfrentando al redactar el proyecto constructivo para la remodelación de la Plaza de la Estación, en la ciudad de Leuven, la vieja Lovaina flamenca. Bajo la amplia explanada existente, delante de la Estación del ferrocarril, en un lugar sin carácter, colonizado por vehículos de paso y a la que, sin embargo, llegaba una de las principales arterias de la ciudad, Manuel concibió un espacio público de gran calidad, con un paso inferior que sustraía el tránsito de los vehículos por la Plaza y permitía, además, el acceso a un aparcamiento realmente singular. A Manuel, ganador de un concurso internacional restringido, le habían impuesto unos colaboradores aborígenes, que no le estaban ayudando a plasmar sus ideas en el proyecto constructivo de la intervención. Enseguida, comenzamos a trabajar juntos. Le acompañé a la siguiente reunión que tuvo lugar en Leuven, y a otras posteriores en las que solo se aceptaba el uso del flamenco, se toleraba el inglés y estaba
prohibido el francés. Y, más o menos a regañadientes, se acabaron aceptando las soluciones constructivas que habíamos desarrollado juntos. En nuestra oficina de Barcelona, organizamos la “Sala Lovaina” en la que trabajamos parte de su estudio y del nuestro. Era una amplia estancia que nos permitía extender por el suelo, un plano de seis metros de longitud, en el que teníamos dibujada la rasante del paso inferior.
Recuerdo a Manuel, y muchos de nosotros junto a él, en uno de los extremos del plano, arrodillados, observando atentos el perfil longitudinal y debatiendo detalles hasta acordar la geometría definitiva de una obra que resultó modélica en su concepción y en su materialización, a pesar de las complejas condiciones de contorno en la que se tuvo que desarrollar. La tenacidad de Manuel, que a veces lindaba con la tozudez, lo hizo posible.
A partir de entonces, fueron muchos los proyectos en los que trabajamos unidos. No es éste el lugar ni el momento para referirme a ellos. Pero de aquella relación profesional nacieron vínculos profundos. Yo aprendí mucho trabajando con él y he dado testimonio de ello en numerosas ocasiones. Existe un “urbanismo de planes parciales” muy arraigado, lamentablemente, en las Escuelas de arquitectos y, tal vez, aún más, en las de ingenieros. Hay, también, un “urbanismo de letras”, con frecuencia grandilocuente, un tanto abstracto, que padece al cambiar de escala para hacerse realidad. Pero existe, asimismo, creo yo, un “urbanismo de ciencias”, más auténtico, que aborda la complejidad de la realidad para transformarla. Y Manuel fue un maestro en este territorio, tan poco frecuentado, en el que los conocimientos y sensibilidades de arquitectos e ingenieros se tienen que fundir. Nunca le olvidaré. / Barcelona