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Xavier Rubert de Ventós
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Antoni Llena
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Aquiles González
Ariella Masboungi
Axel Fohl
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Manuel Solà Morales: cenando en Mallorca.
Mis años en Barcelona fueron los últimos setenta y los primerísimos ochenta. Años seminales y fundacionales, como los denominaba Oriol Bohigas, en una entrevista que me concedió en su oficina de calle Camp. Yo acababa de llegar a la ciudad y comenzaba a comprenderla. Durante esos breves años, mi centro de gravedad fue la ETSAB que, a su modo, era un centro de gravedad de la ciudad y de la arquitectura de la ciudad.
En ese mundo, Manuel era una figura de una visibilidad imposible de ignorar. Su nombre me había llegado por primera vez como integrante del comité editor de Arquitecturas Bis, algunos de cuyos números yo había conocido en Chile antes de partir. En esos años de Barcelona, fue para mí una presencia lejana y admirada, asociada al Laboratorio de Urbanismo o a los proyectos en que había colaborado con Rafael Moneo, de los que me enteraba a través de las publicaciones españolas que revisaba en las largas sesiones pasadas en la biblioteca de la escuela.
Fueron sus visitas a Chile, mediadas por Pepe Rosas, cuya tesis sobre el centro de Santiago él dirigía a mediados de los ochenta, las que me pusieron en un contacto más cercano y personal con él. Lo recuerdo paseando por Providencia, discutiendo sobre la categoría de lo postmoderno y el cine de Almodóvar, y precisando que el abrigo entre informal y sofisticado que llevaba puesto era
“de Adolfo Domínguez, este nuevo diseñador gallego”. Recuerdo también nítidamente su conferencia sobre el Moll de la Fusta, dada en la sala La Capilla de la casa de Lo Contador. Ese proyecto representaba para nosotros una luz de esperanza en el que se anudaban el conocimiento histórico y el técnico; las infraestructuras y los espacios públicos, en un momento dominado por un formalismo nostálgico que sospechábamos sin demasiado destino. La conferencia acabó con la imagen de una niña, su hija, corriendo, a pantalla completa, como si esa imagen pudiera hablar de las cambiantes escalas de sus amores, del modo en que lo doméstico y lo cotidiano se engarzaban a las complejas estructuras urbanas que él procuraba domesticar y desarmar con la habilidad de un relojero.
Años más tarde, el 90, lo reencontré en la GSD de Harvard: había dado una conferencia y esperaba reunirse con Rafael Moneo a propósito del edificio de la Illa que se levantaba en Barcelona y que lo preocupaba por entonces. Yo, a mi vez, esperaba una entrevista con Tadao Ando y su mujer, una difícil conversación para intentar convencerlo de venir a Chile, triangulando entre el japonés de él y el inglés de ella. Fue un encuentro breve y casual, pero que, en su caso, se convertía en un intercambio intenso en el que se hacía presente su cultura, su juicio rápido y certero, su vasto conocimiento del estado del arte urbano.
Lo volvería a ver en Chile y en Barcelona a mediados de los 90, en sus años como director de la escuela. Mientras tanto, quienes lo habíamos
conocido como un arquitecto urbanista promisorio del mundo catalán lo podíamos ver convertido en una figura europea, cuyas huellas encontrábamos en Francia, en Holanda o en Inglaterra.
El último recuerdo suyo que conservo es una memorable invitación a su casa de Artá en Mallorca. Había preparado con su familia una cena amabilísima que incluía a Belén y Rafael Moneo y otros amigos de la Isla. Nos contó entusiasmado la historia de su notable e interminable casa y el largo y paciente proceso de su recuperación; mostraba los mapas que coleccionaba y hablaba de las largas horas que había pasado y planeaba pasar allí. Finalmente, nos sentamos en el espléndido patio, a la sombra inolvidable de la iglesia iluminada, en una mesa cuadrada cuya cubierta monumental de piedra verde mostraba con orgullo y había mandado a hacer hacía poco. La imagen que conservo de Manuel ha quedado asociada a ese momento de plenitud: la mesa de proporciones casi urbanas que rodeábamos los invitados, remitiendo a esa compleja y completa personalidad suya, capaz de ir de los mapas a los muebles; convencido de la posibilidad de transitar entre planes y edificios; de articular espacios púbicos, privados o colectivos, como él gustaba de llamarlos; de la posibilidad de construir nuevas formas de intensidad urbana. Seguro, sobre todo, de poder hacerlo desde un pragmatismo cultivado e inteligente, a la vez desnudo y sofisticado, al que su presencia hará mucha falta en los años que vienen. / Santiago de Chile