Valentina Acierno
Vicens Vidal
Victor Rahola
Xabier Eizaguirre
Xabier Unzurrunzaga
Xavier Fàbregas
Xavier Monteys
Xavier Rubert de Ventós
Zaida Muxí
Àlex Giménez
Amador Ferrer
Angel Martín
Anton Pàmies
Antoni Llena
Antoni Marí
Antonio Font
Aquiles González
Ariella Masboungi
Axel Fohl
Beth Galí
 
Pocos días después de la dolorosa noticia de la muerte de
Solà-Morales, solo supe y quise escribir veinticuatro líneas cuyo encabezamiento no podía ser otro que el de su propio nombre.
Las reproduzco ahora atreviéndome solo a una pequeña introducción: si alguna vez palabras como ciudad, arquitectura y urbanismo se enraizaron en una biografía, una entre las muy escasas, ésta fue la suya.
Un pequeño texto sobre Manuel de Solà-Morales podría reducirse a unas pocas palabras: fue y sigue siendo un maestro. Lo fue en su intensa labor docente y en su trabajo profesional, lo sigue siendo en sus obras y en sus escritos. No por casualidad uno de sus últimos libros se titula Diez lecciones sobre Barcelona.
Su estatura intelectual y ética queda definida cuando confiesa que su trayectoria profesional ha consistido en un constante “esfuerzo por entender a las ciudades a través de una mirada devota y
aficionada”, siendo consciente de que “a los arquitectos, incluso a los buenos arquitectos, cuando proyectan, les cuesta entender la ciudad. Porque la ciudad de hoy es más difícil de entender de lo que era cuando los trazados”.
Solà-Morales superó las proclamas a la moda, ya fuese la Carta de Atenas (sin borrar algunas de sus grandes conquistas) o la actual exaltación acrítica de la ciudad densa. Supo entender tanto la ciudad compacta, la ciudad histórica, al tiempo que la periferia, la ciudad discontinua en la que la no repetición y el vacío, la “distancia interesante”, constituyen también materia y ámbito proyectual. La mixity más que la density pueden caracterizar la urbanidad contemporánea.
“La forma de las ciudades se construye siempre, en mayor o menor medida, desde el paisaje y la arquitectura”. Su visión de una “urbanidad material” le lleva a afirmar que “las ciudades se hacen con arquitectura, siendo la propia ciudad una arquitectura que se expresa a través de unas relaciones espaciales, dimensionales y
materiales”. Para terminar exclamando: “nada hace tanta ciudad como un buen edificio”.
Agradeceré siempre, con profundo cariño, sus enseñanzas y fecunda amistad.
Un corto epílogo: calmado el entusiasmo burgués (y el negocio), despertado y apoyado en el Ensanche, Poble Nou fue un escollo que detuvo durante decenios ese grandioso tsunami Cerdà. Recordemos aquel magnífico “Contraplan de la Ribera” del año 1974, que años después se transformará en sustento intelectual e instrumental para abrir Barcelona al mar.
Y una última y matérica proclama, tomada de la madera y el oficio: ¡ojo al canto!, que advertían los ebanistas y que Manuel lo extendió para señalar la riqueza y dificultad de la esquina en la ciudad.
¿Quizás demasiadas palabras? Quien las lea o publique en un merecido homenaje puede suprimir las que estime superfluas, retóricas o pobres. / Madrid