Valentina Acierno
Vicens Vidal
Victor Rahola
Xabier Eizaguirre
Xabier Unzurrunzaga
Xavier Fàbregas
Xavier Monteys
Xavier Rubert de Ventós
Zaida Muxí
Àlex Giménez
Amador Ferrer
Angel Martín
Anton Pàmies
Antoni Llena
Antoni Marí
Antonio Font
Aquiles González
Ariella Masboungi
Axel Fohl
Beth Galí
 
Las manos de Manuel. De Manuel cualquiera puede fácilmente convenir que
lo primero que llamaba la atención eran sus ojos, la fuerza de su mirada. Miraba traspasando aquello en lo que se fijaba, viendo como nadie más allá de las apariencias, leyendo segundas o terceras impresiones que él acertaba a interpretar. Era la suya una mirada al tiempo sólida, con sustancia, acentuada en la rotundidad de las perlas de unos ojos de familia que no dejaban indiferente, y líquida, fluida, mediterráneamente complaciente. Era así, cuando le conocimos, una mirada inserta en una figura barbuda y de generosa cabellera morena que, allí dentro, parecía condensar una intensidad expresiva que, por la definición con la que se presentaba, colaboraba a aportar mayor coherencia al verbo y a la actitud que, sedientos, esperábamos nos trasmitiera cómo entendía las ciudades en las aulas de la ETSAB.
Era una mirada que, más tarde, tratábamos de seguir, porque solo su recorrido ya enseñaba una forma de entender el mundo, de apreciar las cosas (calles, plazas, paisajes,…), que desvelaba la esencia de éstas de un modo que solo él era capaz de construir de forma tan incisiva. Para cuando uno empezaba a distinguir en medio de la niebla que habitualmente acompaña la realidad, la mirada de Manuel ya había reparado dónde se encontraba la raíz, lo significante en todo aquello que se veía.
Pero si su mirada era una seña de identidad inolvidable, eran sus manos las que realmente trasmitían una cantidad de educación y de síntesis que ha hecho historia. El modo como las manos de Manuel señalaban la dimensión de un problema, se referían a un detalle o subrayaban una decisión, como repasaban las páginas de un libro o se detenían en detectar la calidad y textura del papel que tanto le gustaba apreciar, o como tomaban entre sus dedos el lápiz y lanzaban destellos sobre un sulfurizado que parecía sonreír al recibirlos.
Cómo trepanaban, incluso, el papel a fuerza de insistir en un mismo lugar, asegurando la identificación de un detalle clave, una forma raíz, que sintetizaba la base de la solución a un problema, o del problema mismo. O se detenían acariciando las diferencias de tono que apreciaba en una textura urbana seductora.
Unas manos que señalaban captando, apropiándose del concepto que expresaban. En una ocasión, disfrutando de un paseo al borde del mar en San Sebastián, indicaba los detalles que se iba encontrando en aquel paisaje que tanto le gustaba y, de pronto, en pleno Paseo de La Concha se detuvo para comentar que se estaba preguntando cuáles eran, realmente, las cualidades que explicaban la calidad urbana de aquel espacio de la bahía. Sí, sus dimensiones distintas, el contraste de los dos montes, la isla, la lámina de agua y la uniformidad de la ola, los edificios… pero señaló cómo, en realidad, lo que hacía el espacio de aquella bahía tan espléndido y acogedor al tiempo era el apoyo que al conjunto
ofrecían las laderas, altozanos y montes cercanos. Que estuvieras donde estuvieras allí, siempre te encontrabas la referencia cercana de otras alturas que reconfortaban tu posición, tu emplazamiento, y te acompañaban en la distancia (esto era antes de que tratara la “distancia interesante”, pero se ve que ya entonces cavilaba sobre ello). Es decir, que no era el telón de la foto oficial el responsable, sino lo que el observador además veía y relacionaba con aquello. Sin aspavientos, la manera en que sus manos señalaban a lo que se refería, con un ademán leve, una precisión brillante o un gesto resolutivo, era complemento esencial de su explicación, que allí entonces nos dejó momentáneamente perplejos en tanto el tiempo de reacción permitía encajar lo que a los observadores distraídos nos faltaba.
Esas manos, que producían una escritura concentrada, minúscula, densa, llena de retoques al margen, desenvuelta, al modo de una mente que corría más que la pluma. Era una caligrafía airosa que más que palabras componía figuras que, con precisión de pianista, concentraba las letras en un signo instantáneo, único, abierto en trazos inacabados, como si le sobraran sílabas para cada vocablo. En lugar de la escritura ligada que trata de administrar los lazos de la línea con aire, como los demás, la suya era una escritura de nudos, sin aire de relleno, como comprimiendo los guarismos en un significado de conjunto que, a pesar de todo, se entendía.
Esas manos que anudaban al escribir nos sirven para entender cómo él también, realmente, anudaba los conceptos en los proyectos, en sus planteamientos y en sus enseñanzas, uniendo dosis de raciocinio contundente, de una intuición sabia, de su fino gusto, y de una sensibilidad aguda y despierta, convirtiéndolos en auténticos nudos gordianos de creación y saber. Maestro. / Barcelona